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domingo, 11 de diciembre de 2011

UN FIN DE SEMANA SIN CAFÉ


Mi esposo me dijo a última hora que tenía una actividad en Aguada y que había separado una estadía en un parador del área. Acepté de inmediato porque hace mucho que no nos escapábamos.  El viernes nos levantamos muy temprano y preparé café como de costumbre.  Recogimos todo, preparamos los bultos y salimos hacia nuestro destino.

De camino nos paramos en los Outlets de Barceloneta y allí nos compramos algunas cosas que nos hacían falta para el viaje. Se supone que estuviéramos unos minutos pero, compradora al fin, salimos del centro comercial casi a las 4 de la tarde. En el camino se me antojó tomar café. Ahí comenzó mi crisis.


Pasamos por varios lugares pero me dio por ser exigente y no nos paramos en ninguno. Cuando decidí que me tomaría cualquier cosa que tuviera café, ya era demasiado tarde.

Llegamos al lugar donde nos alojaríamos durante el fin de semana: Hotel Villas de la Aguada. Encontrar el lugar fue una aventura porque mi esposo olvidó llevarse el mapa y nadie conocía con exactitud dónde quedaba.

Un lugar solitario y muy alejado de la civilización. Las habitaciones eran como del siglo pasado. La alergia que me atacó era una señal del polvorín que había. El pobrecito de mi esposo me dijo que nos podíamos ir, pero le contesté que ya estábamos allí y que debíamos darle una oportunidad. Dimos un paseo por el área y la verdad es que el lugar está muy bonito.

 “Son las 6 de la noche y me he tomado una sola taza de café”, le expresé a mi esposo. Comenzó a llover así que me fui en blanco esa noche. Como desconocíamos el área y andábamos con el bebo, preferimos quedarnos.

En la mañana siguiente mi hijo me despertó cerca de las 7 de la mañana. Aceleré el paso porque sabía que donde hay desayuno tiene que haber café.  Entramos al salón y busqué desesperada el aroma para que me hiciera llegar hasta donde estaba. ¡Ahí está!, le dije con entusiasmo a mi esposo. Hice todo un ritual: me lo serví, fui a la mesa, me senté mirando el paisaje, eché mis dos sobrecitos de azúcar y… ¡wácala!. Ese café sabía a agua con fango. ¡ASCO!.  Me estresé porque deseaba con todas mis fuerzas ese café. Me tuve que conformar con juguito de china.  A eso de la una de la tarde me dio un bajón que me puse hasta melancólica.



Pasó el día y nos quedamos en la piscina con el bebo. Luego en la tarde pusieron unas casas de brinco y allí nos quedamos jugando con el chico.

Finalmente, me fui otro día sin tomar café.

La mañana del domingo recogí todo temprano y le exigí a mi marido que me llevara a comprar café. Finalmente conseguimos un lugar. No era lo que deseaba pero al menos era café.



Lo bueno es que mi bebo se divirtió mucho. Él ni se enteró de la crisis que tenía su mamá. Jaja


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